Y ahí estaba yo, bailando abrazada a alguien, cuando me vino un escalofrío, me dí cuenta de que no sería nada como habíamos planeado, allá van horas de proyectos ya destruidos, observé mis sueños en otra persona, eché un vistazo al antes y al después y me pregunté varias veces qué había pasado para que todo lo que dijimos se lo llevase el viento. Pero poco a poco tomé fuerzas, sonreí y pensé, ¿sabes qué?, sea lo que sea lo que viene en camino será bueno. Lo conseguí, me convencí a mí misma, obligándome a ver algo positivo de la vida que pocas veces estoy acostumbrada a ver. No pude comentar ese momento de indecisión y miedo con nadie, pero me fui a dormir y lo consulté con la almohada, entonces ambas nos dimos cuenta de que ese "por siempre y para siempre" ha sido ya varias veces mutilado, por tanto está muerto. Es un cristal roto donde vemos y aprendemos a no decir "cuenta conmigo" a cualquiera que te hace reír.
Se cierran capítulos y heridas, pero empieza algo mejor, sí, empieza, de una vez por todas, el momento donde vamos a dejarnos de dramas juveniles y centrarnos en relaciones estables donde uno no tenga dudas, donde sea feliz, donde quizá no piense "seremos amigas hasta que seamos abuelas" pero tenga claro lo de "amigas en lo bueno y en lo malo".
¿Quién será el encargado de hacerte dar cuenta de semejante verdad? Que los 15 minutos de fama son 4 de éxito y 11 de cotilleo, que a veces las personas a las que querías a tu lado toda la vida son las que quieres lo más lejos posible, que, en definitiva, no todo son cuentos de hadas ni películas americanas.

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