sábado, 7 de octubre de 2017

I couldn't be happier

Hace mucho, o no tanto, existía una chica que siempre imagina a su hermana mayor (o no tanto) teniendo una vida envidiable donde había alguien que le quería mucho.

Y será una tontería, pero veía cómo su hermana crecía y crecía y no pasaba, que todos parecían encontrar sus piezas y ella sólo intentaba arreglar las suyas.
Todos los puzzles se completaban, menos el suyo, hasta que se cansó de esperar que llegase.
Dicen que es entonces cuando suceden estas cosas, pero lo cierto es que fue un poquito después, pero sucedió.

Apareció un tío sin sombra, más bien sin cuerpo como quien dice, que tenía un trocito perdido de ella. Sin saberlo fueron los mejores de ellos mismos, con el otro.

Y esa niña que no creía en nada vio como su hermana ganaba al grupo que tenía una pieza, consiguiendo una y otra y otra. Iba dando saltos, tropezando, pisando charcos y saltando baldosas blancas, con alguien que lo hacía a su lado a veces. Sus caminos se cruzaban y era un encuentro maravilloso, otras tenían calles diferentes, pero ellos seguían andando recolectando, sabiendo que de un momento a otro se verían de nuevo.

La gente tuvo envidia, más de uno quiso poner zancadillas, pero ni las deportivas más desgastadas pudieron detenerles y así, sin saberlo, pasaron meses que se convirtieron en años, con recuerdos que ni pagando millones podrían haber conseguido, esos dos pequeños pasaron de tener, para que nos entendamos, de una migas a una cadena de panadería entera.

Y así, sin darse cuenta, fueron brillantes, cada uno en su baldosa. Pero siempre siempre, juntos.

Fue entonces cuando la hermana mayor pasó de ser imaginaria para ser alguien con la que pasaba todos los días, pues la chica dejó de pensar en cómo podría ser feliz y empezar a serlo.

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